Si me lo preguntas, no sé cuando fue. Sólo sé que fue primero.
Sólo sé que desde hace años pensaba ''esto quiero''.
Claro, un amor ''ideal''. Me gustó lo que veía.
El potencial, lo que podía ser.
Eso que, a simple vista, parecía ser todo lo que me faltaba.
Y en cuánto pude, lo intenté.
Sin medida y sin miedo.
Con esa imagen ideal que me había creado hace tiempo.
Para toparme con una pared de cristal.
Una pared que guardaba tanto dentro.
Claro, lo que veía sí era, pero no era todo.
Sin prisa, mostraste aquello que escondías, que cuidabas.
¿Desconfiado? ¿Con miedo? Lo hiciste aún así.
Me dejaste mirar a través, explicando cada objeto.
Cada miedo, cada decisión, cada cambio.
Y cada tanto, me mostrabas la puerta.
Como si debía salir de ahí.
Como si quisieras que saliera.
Entonces negaba con la cabeza, insistías y sonreía.
Devolvías mi sonrisa, alcanzando algo más que mostrar.
Y así fue, por unos días.
Por unas semanas, unos meses.
Eventualmente, construiste dentro otra pared.
A ratos te encerrabas, me hablabas a través de la ventana, de la puerta.
Y tras unos días salías de nuevo, buscando acomodar lo que sentías.
Pero un día, cerraste la puerta.
Y yo pretendía entenderlo.
Así que a través de la ventana, te sonreía.
Y caminaba alrededor, a tu espera.
Asomándome de tanto en tanto, para no perderte de vista.
Veía como en ocasiones, cerrabas las persianas.
O me veías y volteabas la mirada.
Me sentía alejada, pero pensaba que tu sentías más la soledad.
Quizá porque era lo que yo sentía.
Creía que lo sentías también.
De pronto, abriste la puerta y me pediste que saliera.
Con indirectas, con rodeos, como antes.
Con palabras hirientes, esperando que saliera corriendo.
Y confundido al ver como me plantaba.
Te pedí sinceridad y respondiste a secas.
Si me querías fuera, lo aceptaba.
Tomé mis cosas, te miré con ternura.
Te miré con tristeza y cariño.
Tu confusión a mi falta de enojo gritaba.
Y a cada uno de tus ''lo siento'', yo decía un ''te quiero''.
Incapaz de entender mi respuesta, repetiste.
Repetiste aquello que me haría salir, irme.
No necesitabas a nadie, no querías a nadie.
Ahora estabas seguro de ello.
Seguro de que dejarme entrar había sido un error.
Cargando lo poco que había construido, salí.
Buscaba dónde acomodarlo por mi cuenta.
Dónde poner cada memoria, cada recuerdo.
Dónde dejar las canciones que me hicieran pensarte.
Y dónde esconder los ''te quiero'' no correspondidos.
Pasaron las horas y llamaste de nuevo.
Esperando a que regresara, entendiendo si no lo hacía.
Extrañada, volví a pararme frente a ti. Y escuché.
Escuché las mismas excusas, los mismos pretextos.
De nuevo el miedo y de nuevo las mentiras.
No querías regresar. Ni que yo lo hiciera.
No ahora, sin saber cuándo.
Pero querías la esperanza de una oportunidad.
Y te la di. Te di una llave.
E imploré que no llamaras a mi puerta si no te quedarías.
Accediste. Sonreíste.
Te miré con tristeza.
Eres un imbécil.
Me encerré en mi propia pared, que miraba a la tuya.
Pero te quiero.
Te quiero, imbécil.